Gepetto, pobre Gepetto (Cuento de Zuhe Riestra, alumna de la Escuela de Comunicación Social de la UCV)
Hace muchos muchos años en un pequeño pueblo vivió un humilde carpintero llamado Gepetto. Una noche, al salir de su taller, el carpintero tropezó con un objeto que había en el suelo, se agachó lentamente y aguzó la vista hasta que logró distinguir entusiasmado y sorprendido que lo que había golpeado era una botella intacta y llena de alcohol. Así, Gepetto emprendió su marcha hacia la taberna del pueblo donde se emborrachó como de costumbre. Pero aquella noche las sorpresas no habían acabado para él. Daniella, una de las chicas que trabajaban en la taberna, encontró muy atractiva la borrachera que esa noche agarró el carpintero. Lo tomó por un brazo y lo condujo, o lo arrastró, al piso de arriba, entraron a una habitación y tuvieron una noche de derrape y pasión.Nueve meses más tarde, Gepetto encontró en la puerta de su taller a un pequeño niño envuelto en mantas. El bebé tenía una nota que decía: Aquí te dejo a Pinocho. Daniella. PD: Pino porque sé que te gusta hacer muebles rústicos, y ocho porque esos fueron los minutos que te tomó hacerlo. Consternado, Gepetto entró con el bebé en brazos a su casa. Puso la canastilla en una mesa y agobiado por sus problemas fue hacia la ventana donde se sentó a contemplar el cielo en busca de algún milagro que lo sacara de aquel apuro en el que se encontraba metido. De pronto, una luz intensa apareció en el cielo e interrumpió sus pensamientos. Gepetto, que había escuchado decir que sobre los cielos italianos había sido vista una misteriosa mujer, mejor conocida como El Hada Azul, que concedía deseos a los desesperados, cerró los ojos y pidió, con todas las fuerzas que tenía, su deseo. Al volver la cabeza hacia la mesa donde antes había estado un niño, observó maravillado que en su lugar estaba un pequeño tronco del más fino pino con el que el carpintero hizo luego un pisapapeles.
Mientras limpiaba la biblioteca, un enorme diccionario cayó sobre su pie y éste engrandeció tanto, que el hombre de las nieves le hubiese podido prestar sus zapatos. No hubo hielo ni dencorub capaz de disminuir tal hinchazón. Así que, coja y adolorida, continuó haciendo sus labores cotidianas.
No habían dado las tres de la tarde en el viejo reloj de agujas que Matthew Graham tenía en su oficina, cuando aquella extraña figura atravesó el umbral de la puerta.
Grito. El sonido retumba en cada una de las paredes del callejón que nos encierra. Mete sus dedos en mi boca para hacerme callar. Vuelvo a gritar y me ahogo. Me muevo bajo el peso de su cuerpo pero es demasiado para mí. Viene una arcada. Vomito. Me golpea una, dos, tres veces en el rostro. Siento el calor y la hinchazón en mis mejillas. Ojalá hubiese un solo rayo de luz que rompiese la inmensidad de esta oscuridad.
No sé por qué, pero todos están muy callados. Debe ser porque les gustó la comida que les preparé. Aunque no lo creo, porque todavía nadie ha tocado su plato. Siempre es lo mismo, lo que yo haga nunca le agrada a ninguno de ellos.