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Weblog del prof. Antonio Núñez Aldazoro (UCV)

Roland Barthes, el intelectual que desenmascaró el lenguaje escrito

Roland Barthes, el intelectual que desenmascaró el lenguaje escrito Tomado de La Razón Digital (http://www.larazon.es)
Escrito por Patricia de Souza

París-Lo de Roland Barthes fue una verdadera pasión por los signos, un amor por las palabras, una subordinación hacia el lenguaje y su poder legislador; las palabras, sí, el lenguaje escrito, sí, pero en toda su vitalidad y su significado erótico. Una especie rara Barthes, ni semiólogo, ni sociólogo, ni realmente un escritor, una mezcla de varias cosas cuyo fondo principal es la obsesión del texto escrito. El 26 de marzo una camioneta lo atropella a la salida del College de France, lugar donde había empezado a dictar un nuevo curso: «La semiología literaria».

Tenía publicados varios libros (su celebridad iba en aumento): «El grado cero de la escritura», más «El imperio de los signos» (después de su viaje a Japón, Barthes elogia el hecho de que allí nunca se haya naturalizado ni racionalizado el idioma, razón por la cual se comunica) habían dejado un rastro muy claro sobre la manera que Roland Barthes empleaba para hacer descubrir a los estudiantes la literatura: no como un ejercicio de realienación con los contenidos, sino como un análisis de un sistema de códigos linguísticos cargados de poder. Y si Sartre había marcado la época por su crítica moral, ética e ideológica hacia la literatura (ver «¿Qué es la literatura?»), Barthes, junto con Bachelard, Deleuze y Foucault, entre otros, desenmarañaba lo que se escondía detrás de las palabras, el zócalo mismo del discurso.

Ideología y texto. Para Barthes, toda escritura es un acto político, tiene una historia personal y lleva intrínseca una ideología y, pese a todo, no abandona uno de sus principales sentidos, el placer. El placer del texto que no es racional sino intuitivo, fragmentado e huidizo. Como Nietzsche, Barthes hace de la escritura fragmentada una moral, como Sade, Fourier o Loyola, a quienes les dedica unos cortos ensayos, sus análisis están menos dirigidos a la reflexión que el placer mismo de la creación que compromete al cuerpo concreto del autor.

En realidad, Barthes es un lector de clásicos, pero es un contemporáneo al tener en cuenta los límites de la crítica literaria y de las ciencias humanas, y analiza más como un escritor con estilo que como un filósofo del lenguaje. Como si se tratase de un escritor frustrado que nunca se reconoció completamente fascinado por los textos de ficción, aunque en «La habitación clara», hubiese delineado una cierta debilidad por la autobiografía, hecho evidente en el esbozo de su autobiografía en «Barthes por Barthes».

Para terminar, quedémonos con dos fragmentos de su discurso inaugural en el College de France, en 1977: «Hablar, no es comunicar, como se repite a menudo, es someter (...). Todo lenguaje no es ni reaccionario ni progresista; es simplememente fascista, ya que el fascismo no es impedir que hablemos sino obligarnos a hacerlo». Y más adelante: «El lenguaje es una legislación, el idioma, el código. No vemos el poder que está presente en el idioma porque nos olvidamos que todo idioma es una clasificación, y que toda clasificación es opresiva».

1 comentario

Héctor Bujanda -

Querido Antonio, veo que tienes una página intensa sobre temas literarios y culturales. Quería hecerte unos comentarios sobre la deconstrucción, pero no entiendo bien la cosa, creo que se hace muy largo. Si me das un correo, te lo haré llegar. Abrazos